Que Breguet elija el Summer SIAR para hacer esta presentación en México no es casual. Es el escaparate más importante de la alta relojería en el país, y la Maison llega con el argumento más sólido posible: no solo tiene la historia más larga de la sala, sino que tiene pruebas concretas de que esa historia todavía está generando algo nuevo. Así es como se festejan los 225 años del tourbillon.
El 26 de junio de 1801, Abraham-Louis Breguet recibió la patente de una invención que describió con una modestia casi irritante: «un regulador de un tipo completamente nuevo». Lo que había creado, después de años estudiando por qué los relojes de bolsillo perdían precisión dependiendo de la posición en que se llevaban, era un mecanismo que metía el volante, la espiral y el escape dentro de una jaula rotatoria. Esa jaula giraba sobre su propio eje compensando los efectos de la gravedad. Lo llamó tourbillon, que en francés significa torbellino, y tenía razón en el nombre, desde entonces, la relojería no ha dejado de girar alrededor de esa invención.
Doscientos veinticinco años después, Breguet llega al Summer SIAR 2026 en Ciudad de México con la mayor colección de piezas de su aniversario que se ha presentado nunca en el país, y con dos relojes que demuestran que el tourbillon no es una reliquia del siglo XIX sino un campo de investigación vivo donde todavía quedan cosas por descubrir.
Por qué el tourbillon sigue importando
Conviene explicarlo sin rodeos porque es uno de esos conceptos que mucha gente menciona y pocos entienden de verdad. Un reloj mecánico tiene un órgano regulador, el volante con su espiral, que oscila para medir el paso del tiempo. El problema es que la gravedad afecta esa oscilación de forma diferente según la posición del reloj. Vertical, horizontal, apoyado sobre la corona, en cada posición late un error distinto. En el siglo XVIII, cuando los relojes de bolsillo se llevaban mayormente en posición vertical en el chaleco, ese error se acumulaba y la imprecisión era real y medible.
La solución de Breguet fue colocar todo el órgano regulador dentro de una jaula que gira constantemente, promediando los efectos de la gravedad en lugar de sufrirlos en una sola posición. En la práctica, la diferencia de precisión entre un reloj con tourbillon y uno sin él es hoy menor de lo que era en 1801, porque los modernos relojes de pulsera se mueven constantemente en todas las posiciones. Pero eso no hace al tourbillon menos relevante, simplemente lo convierte en otra cosa. En una demostración de maestría técnica y artesanal que ningún otro mecanismo iguala en complejidad visible, en trabajo por pieza y en lo que dice sobre quien lo fabrica.
Construir un tourbillon bien hecho requiere ensamblar entre 70 y 100 piezas en un espacio minúsculo, ajustarlas con tolerancias de micras y conseguir que todo el conjunto pese menos de medio gramo mientras gira un ciclo completo por minuto. Es el tipo de trabajo que o se hace bien o simplemente no existe.
Lo que Breguet trae a México
Del 26 al 28 de mayo en el Four Seasons Hotel Mexico City, Breguet presenta por primera vez en México una selección de piezas que documenta dos celebraciones simultáneas: los 250 años de la Maison, iniciados en 2025, y el 225 aniversario del tourbillon que se conmemora en 2026.
El Classique Souscription 2025 es una de esas piezas. Está inspirado en el reloj Souscription que Abraham-Louis Breguet vendía por suscripción anticipada a finales del siglo XVIII, cuando la demanda de sus relojes superaba su capacidad de producción y necesitaba financiar los encargos antes de fabricarlos.

El modelo actual mantiene la filosofía del original, carátula de esmalte grand feu, una sola aguja que señala la hora con suficiente precisión para el uso diario y una estética que elimina todo lo que no es imprescindible. Es un reloj que en 2025 resulta casi provocador en su simplicidad, y que resume mejor que cualquier otro lo que Breguet entiende por elegancia.


El protagonista de esta visita es el Classique Tourbillon Sidéral 7255. Lanzado como parte de las celebraciones del 250 aniversario, este reloj incorpora algo que Breguet no había hecho antes dentro de su universo Classique: un flying tourbillon, una jaula sin puente superior que parece flotar en el aire sin ningún soporte visible desde la carátula.
Técnicamente es más difícil de construir que un tourbillon convencional porque el único punto de sujeción está en la parte inferior, lo que exige tolerancias de fabricación aún más estrictas. Visualmente el efecto es de una ligereza que parece contradecir la complejidad del mecanismo. La inspiración viene del cielo nocturno, lo que se traduce en una carátula que combina la arquitectura clásica de Breguet con referencias astronómicas que no gritan sino que se descubren.

Y luego está el Experimentale 1, que es donde Breguet demuestra que los 225 años de historia no son un peso que cargar sino una plataforma desde la que seguir saltando. Este reloj incorpora el primer tourbillon de alta frecuencia a 10 Hz de la Maison.

Para entender lo que significa: la mayoría de los tourbillons trabajan a frecuencias de 2,5 o 3 Hz. Llevar esa frecuencia a 10 Hz multiplica la velocidad de oscilación del volante de manera exponencial, lo que teóricamente mejora la resistencia a los golpes y la precisión cronométrica, pero también exige resolver problemas de consumo energético, resistencia de materiales y geometría del escape que a frecuencias convencionales no existen.
El Experimentale 1 es investigación aplicada en forma de reloj, el tipo de pieza que justifica que una manufactura de 250 años siga teniendo un departamento de desarrollo técnico activo.
Las novedades 2026 de la colección Tradition completan la presentación. Esta línea es la más radical estéticamente de todo el catálogo de Breguet: el movimiento aparece visible desde el lado de la carátula, no desde el fondo, porque Abraham-Louis Breguet construía así sus relojes de bolsillo cuando quería mostrar el mecanismo a sus clientes. Las novedades de este año continúan explorando esa arquitectura que invierte la lógica habitual del diseño relojero.
El tourbillon fue la respuesta de un hombre del siglo XVIII a un problema de física que nadie más había sabido resolver. Doscientos veinticinco años después, la manufactura que lleva su nombre sigue haciendo exactamente lo mismo: identificar los límites de lo posible y trabajar hasta que dejan de serlo.
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